Un «Pequeño Perú» en la provincia de Córdoba

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Se estima que cuatro de cada 10 habitantes de Alberdi son peruanos. La inmigración transformó el barrio en los últimos 25 años. En pocas cuadras se abrieron ocho comedores, ocho verdulerías y cinco pollerías. El 40% de los bautismos de la parroquia San Jerónimo son de parejas de Perú y hay igual porcentaje de alumnos peruanos en la escuela Mariano Moreno.

La sopa de mote tiene el ­poder de resucitar a un muerto. Eso dicen quienes la probaron después de una noche de excesos. En Perú la usan para aliviar la resaca y en Córdoba, muchos han descubierto las propiedades de este plato típicamente peruano en las veredas de barrio Alberdi, la “Pequeña Lima” o “Pueblo Perú”.

Los domingos a la madrugada, entre las 5.30 y las 7, la sopa hierve en cocinas improvisadas y se vende a 30 pesos por ventanas o pasillos que sólo algunos conocen. “El caldo con un poco de picante hace transpirar y se pasa un poco la borrachera. Otros comen ceviche picante” para reponerse, cuenta Juan Silvera, cocinero peruano. Los caldos también son un éxito al comenzar la semana en los comedores peruanos familiares, como el de Tía Juana, a media cuadra de plaza Colón.

“Venimos todos los lunes por la ‘sopita’. Cuando venís del domingo ‘quemadazo’ porque te tomaste un vinito, la sopa que hace esta señora (caldo de carne, puchero, fideo, arroz o trigo, papa y otras verduras), te enchufa. Volvés a laburar con todas las pilas”, asegura Daniel Serrano (33) un albañil cordobés, que llegó al lugar por recomendación de un compañero de trabajo.

No hay carteles ni promociones. La gente sabe que allí se come rico, abundante y barato, como en cualquier vecindario de Cusco. Para ingresar, hay que tocar el timbre de la izquierda, y si nadie atiende, avanzar por un pasillo angosto, hacia el corazón de la manzana. En 50 pasos se ingresa a una porción de Perú en Alberdi.

La puerta del salón está siempre abierta, invita a pasar y a saludar. El televisor suena fuerte y las paredes muestran imágenes del Machu Picchu y las líneas de Nazca. Un cartel advierte que sólo se ofrecen platos peruanos. El cordobés Daniel es “extranjero” en Tía Juana.

Juana Alejandrina Castillo Castillo (64) es la dueña y cocinera del lugar. Nació en Trujillo y llegó a Córdoba en 1994, gracias a la invitación de una sobrina. “Acá estaba el uno a uno y en Perú la situación era un poco difícil económicamente. Como yo era madre soltera y me había separado del padre de mis hijos, me vine sola. Después los traje”, cuenta Juana, que tiene siete hijos –cuatro en Chile, dos en Córdoba y uno en Perú– y 12 nietos.

“Todos los días preparo dos opciones de menú. Con el plato principal, va el vaso de jugo y la sopa; también, el picante. No servimos pan porque no es una costumbre peruana, por eso ofrecemos arroz”, explica. Se venden unas 30 porciones al día. No son platos gourmet : el desafío es terminarlos. “La mayoría de los clientes son obreros de la construcción. Por eso vendemos el menú diario a 40 pesos. Vienen de varios sitios en moto, albañiles, pintores; también familias. Vienen argentinos, que se enteran por los peruanos con los que trabajan. Los argentinos vuelven a traer a otros argentinos”, cuenta Castillo.

Según el último censo nacional (2010), en la provincia de Cór­doba viven 14.400 peruanos, aunque algunos estiman que la cifra real es el doble. Sin datos oficiales, se cree que cuatro de cada 10 peruanos que viven en la ciudad de Córdoba residen en Alberdi, el centenario barrio de 30 mil vecinos. En los últimos 25 años, las calles se han poblado de comedores y verdulerías peruanas. Las expresiones culturales y religiosas se han multiplicado y todo se ha ido transformando.

Según un relevamiento rea­lizado por este diario entre la avenida Colón y las calles Santa Rosa, La Rioja, Arturo Orgaz, Silvestre Remonda y las arterias que las cortan, arrojó que en ese radio existen ocho restaurantes o comedores peruanos, ocho verdulerías, un quiosco, una despensa, cinco pollerías, una carnicería, un taller de reparación de televisores y dos librerías de dueños peruanos. Aunque pueden ser más.

Otros datos dan cuenta del cambio. El 40 por ciento de los bautismos que se celebran en la parroquia San Jerónimo son de hijos de peruanos y también lo son cuatro de cada 10 alumnos de la escuela Mariano Moreno. “Hay un movimiento constante, pero el porcentaje se mantiene. Seguimos tratando de que se integren, que formen parte de la comunidad, que se sientan cómodos”, dice la directora Mercedes Flores. En ese colegio se canta el himno del Perú.

El número de pacientes en el Hospital Clínicas también se disparó. “Vimos el crecimiento de la cantidad de pacientes. Los verduleros de Alberdi comentaban que habían tenido que cambiar sus productos, agregar otros como el chile, pimientitos chiquitos y mucho ajo. Con la inmigración peruana, tal vez la gente pudo haberse sentido media invadida porque vinieron muchos. Yo lo vi en el hospital”, recuerda Tomasa “Cuca” Luján (70), vecina de Alberdi, que trabajó 43 años en el Clínicas. “Una vez llamé al servicio de emergencias, yo vivía en la casa de Hualfin, y cuando le doy el domicilio al telefonista me dice: ‘Ah, ahí es Pueblo Perú’. Me sorprendió. Ellos lo habían bautizado así”, grafica.

En los años ’90, la mayoría de los peruanos llegó con un puñado de dólares a desempeñarse en oficios: albañiles, costureras o empleadas domésticas. También, profesionales a quienes les fue difícil encontrar trabajos de jerarquía. Los primeros se fueron asentando en pensiones, una familia por habitación y armaron redes solidarias para reunir a los parientes que fueron llegando en etapas.

“La presencia peruana tiene distintas maneras de participación social: una es propia de toda migración y es la que busca acrecentar vínculos internos, organizando la vida social entre compatriotas. Y otra, que es externa, desea integrarse a la sociedad en su conjunto”, explica el padre Horacio Saravia, párroco y vecino de Alberdi desde hace 35 años. Para amalgamarse, los peruanos construyen espacios comunitarios, a través de las artes, el deporte (organizan torneos en clubes y hasta en la plaza sur del cementerio San Jerónimo) y la gastronomía. Los domingos, la Isla de los Patos es una auténtica feria peruana.

“Alberdi ha sido siempre un espacio en el que se encuentran las culturas, allí reside una de sus grandes riquezas, es un lugar de multiculturalidad”, opina Saravia. Y recuerda que la barriada –que nació en 1910– emergió desde el Pueblo de La Toma, que habitaban los comechingones, al oeste de La Cañada y al sur del río Suquía. Ya en los siglos 19 y 20 llegaron los europeos. La primera oleada migra­toria de peruanos arribó en los años 50 y 60 para estudiar Medicina en la Universidad Na­cional de Córdoba. Y se instalaron en pensiones cerca del Clínicas.

La segunda oleada –de sectores populares– fue en los ’90, impulsada por la crisis económica del Perú y el “uno a uno” (un dólar, un peso) en la Argentina. Las mujeres se empleaban en el servicio doméstico y los hombres en la construcción, especialistas en el uso del yeso. Lo que ganaban lo enviaban al Perú y luego trataban de reunir a la familia en Córdoba.

“En el ’94 y ’95 comenzó a venir el grupo más grande. Yo llegué en el ’94, vine con una cuñada porque ya estaban sus hermanas acá. Luego traje a mi esposo. Y ya nos quedamos a trabajar. Ahí nomás, nos agarró el ‘corralito’. No podíamos volver”, explica Susana Gamez (60), de Trujillo, dueña de una despensa y esposa del pastor de la Iglesia Cristiana Amistad con Jesús.

“El impulso de lograr un bienes­tar económico a través de la estabilidad laboral empujó a muchos a emigrar, pero creo que los gobiernos peruanos –sobre todo el de Alberto Fujimori– facilitó la expulsión disimulada de sectores populares de dicho país”, asegura Saravia. Algunos inmigrantes cuentan que hasta recibieron pasajes por parte del gobierno de Fujimori para que abandonaran el país. “Venían como vinieron los abuelos nuestros a hacer la América”, cuenta José “Lunita” Altamirano, del grupo cultural “Lunita de Alberdi”. “Ellos también llegan para tener un futuro”, concluye.

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